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martes, 23 de enero de 2007

Mientrasl las penas ahogan mi llanto

Mientras mis penas ahogan mi llanto.

Triste es la historia que te voy a contar, pero la escribo porque en momentos como este la angustia presiona mi pecho con una fuerza tal, que apenas me deja respirar, aunque no se si eso es lo que quiero.

Mientras mi rostro se sumerge en un cúmulo de lágrimas que no me terminan de ahogar, intento encontrar las palabras para poder explicarte como me siento. Mi mente se queda a momento en blanco porque ya no tengo fuerzas. El huir de la realidad, mientras evado los recuerdos que consumen mi alma en un fuego lento que no quema, pero si duele, me ha agotado.

Todo paso tan rápido, que ni yo me puedo creer cuando veo mis pies descalzos en el fondo de la grieta que se ha formado entre dos montañas, mientras espero que amanezca para que se acabe de una vez el frió. Ya no quiero sufrir más, aunque a veces pienso que es lo mínimo que le debo.

Mis alas ya no me abrigan, porque me había acostumbrado a sus brazos. Aún están húmedas, desde nuestro último encuentro. Eso me consuela, porque me recuerda que no lo soñé. Que en verdad paso. Ya he vivido. He sonreído, pero ahora estoy pagando mi osadía. Porque lo prohibido es prohibido y ahora no tengo nada.

Empiezo. Navegaba por los aires un día, mientras cazaba sueños y esperanzas que me llegaban como aromas desde la tierra. Los humanos siempre han estado tan llenos de cositas que hacen que las razas más lejanas quieran estudiarlos. Así estoy aquí. Ángel me llaman, porque con alas vuelo, porque visto de blanco y porque mal no tengo. Yo me llamo a mi mismo Agua. Porque cuando pasó cerca de esta es cuando me veo.

Ese día paseaba por aguas profundas, llegue ahí por consejo de dos delfines, que se conocieron en el invierno. Cansado de volar, me senté en un risco, que yacía entre la nada.

Ahí creí haberlo visto, nunca he sido muy curioso pero lo seguí. Mar adentro y mar más adentro. No es posible que el hombre pueda nadar tanto, tan rápido. La curiosidad siempre fue mi debilidad y horas más tarde, lo que fue curiosidad se convirtió en persistencia. Juego, cuando llegaba el ocaso, noté que se burlaba de mi. Creo que fue en ese momento que deje de intentar alcanzarlo, para continuar jugueteando.

La luna fue nuestro testigo, cuando al ver una estrella fugaz resplandecer a centímetros nuestro, nos encontramos rostro a rostro. Si el mar sería el tiempo, se habría secado antes de que dejemos de mirarnos. Finalmente, al notar su cansancio yo lo le ofrecí llevarlo entre mis brazos hasta la costa. Su rostro me mantuvo sonriente hasta que comencé a elevarlo, entonces mis ojos mostraron su sorpresa cuando vi que tenía los pies de un delfín.

Recuerdo que en ese momento, el entristeció, yo lo levante con una nueva sonrisa y mientras lo elevaba por los cielos, en la noche más estrellada de mi vida. Presioné su cuerpo contra el mío. Solo por gusto. No te vayas a caer, le dije. El cubrió mis brazos contra los suyos.

Entre olas y estrellas llegamos a la costa. Ahí se presento, su nombre era Etéreo, como etérea era su vida. Era el último de su especie. Cuerpo plateado de ilógica perfección. Ojos azules compitiendo con el mar y pelo blanco, más blanco que mis alas, que ni las nubes hacen par.

La noche se hizo más noche y mi corazón se hizo más suyo. Mi piel se desesperaba por quedarse en su cuerpo, mientras él tan solo me cantaba al oído. Me cantaba su despedida, pues el aire no le acogía. Antes de acabar su agonía lo acomodé en las aguas, el me lloró que no lo dejará, pero mi alma jamás lo olvidaría.

Lo he buscado sin parar y lo he encontrado anteanoche. El me ha llorado otra vez, porque se había estado escondiendo. No hay mal más duradero, que el causado al ser amado y el me ha confesado que su vida se estaba acabando.

“Ángel mío, que me has amado, te tengo siempre presente porque mi existencia has iluminado. Entre sueños te he cantado, cada noche, nunca he parado. Pero no quiero lastimarte, por eso he callado al despertar. La infinidad de tu existencia no tiene comparación con mi minúsculo momento, cuyo final la estrella fugaz ha anunciado.

Me escondo cada noche, mientras el mar se sala con mi llanto, te extraño incorregiblemente, no quiero acabar sin ti. Quisiera matarte aquí mismo, para llevarte conmigo, porque al amanecer me marcho y mis ojos no podrán verte”

Otra vez lo levante en mis brazos, esta vez, sentí su agonía, lo senté en una nube mientras me desesperé en tocarlo. Porque el tiempo nos ha castigado, si el mismo ha dispuesto el momento de encontrarnos. Porque la mar no ha intentado el alojarse en una nube. Yo prefiero morir en felicidad, que prolongar hasta siempre esta agonía.

Desperté con un lejano canto, solo. Ya era de día. Le grité y le busque hasta que ya no aguante y salte hasta el fondo…

… No recuerdo más. Han pasado días, a momentos enloquezco y maldigo mi existencia. A momentos, solo maldigo mi existencia. La sal ha dolido mis alas, que se han dispersado por toda la playa. Ya no vuelo. Ya no siento. Ya no puedo.

La angustia es un sentimiento humano que he estudiado. No es para mí. Pero tampoco lo era el amor. Quizá no debí conocerlo. Quizá no debí abandonarlo. Quizá si le hubiese dejado, aún seguiría cantando.

Hay peor injusticia que la de mi eternidad de entrega. Quien cuida de mi cuando estoy sufriendo. Donde esta mi ángel? Donde esta mi sireno…